Toqué a la puerta del Milo Greñaloca y miré al fondo de la calle. El sol creaba espejismos y vi la silueta del Mando: fumaba a las puertas de su casa, como si no tuviera quehacer. Milo abrió con cara de desvelo. ¿No has dormido? Ja, nadie del equipo hizo la tarea y trato de terminar.
Existencias grises que se diluyen con el paso de los días, en el vapor de la cotidianidad donde las mejores mentes de cualquier generación se apagan sin gloria al cumplirse el ciclo de nacer, crecer, reproducirse y morir.
Atento a las luces del semáforo, Serafín alcanzó a ver algo que cruzó, arrastrándose, frente al camión 12 toneladas que conducía, y de manera automática, instintiva, frenó a fondo. El Malamadre y el Guapo, sus macheteros, despertaron de súbito por el atrancón:
—¿Pus qué pasó, Serafo? ¿Estás enojado o qué? ¿Te da envidia y me despiertas porque tú no puedes echarte una dormidita?
En el barrio ya se ven, dentro de los escaparates: de la farmacia, la cristalería, la tienda de ropa, en la dulcería y hasta en algunas tiendas de abarrotes, ya se ven los regalos para las cabecitas blancas del hogar, las jefas de familia, las meras-meras petateras que se fajan día tras día con los quehaceres domésticos, a las que agregan actividades que les proporcionen un ingreso extra
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